En 1966, la antropóloga Laura Bohannan publicó un ensayo que se haría célebre: Shakespeare en la selva. En él cuenta una experiencia ocurrida durante su trabajo de campo entre los tiv, en África Occidental. Bohannan estaba convencida de que las grandes tragedias hablaban de conflictos humanos universales y que, por tanto, Hamlet podría ser comprendido más allá de las diferencias culturales.
De modo que decidió contarles la obra a los ancianos tiv.
Las cosas no salieron exactamente como esperaba.
A medida que avanzaba en la historia, sus interlocutores discutían sus interpretaciones, corregían sus conclusiones y reorganizaban los acontecimientos de acuerdo con una lógica que no era la de Bohannan. El matrimonio de Claudio con la viuda de su hermano, por ejemplo, no resultaba necesariamente escandaloso desde sus códigos de parentesco. La aparición del padre muerto de Hamlet tampoco podía aceptarse tal como ella la relataba: si los muertos no caminan, aquello que Hamlet había visto debía explicarse de otra manera.
Bohannan había llegado con una historia cuyo sentido creía conocer y acabó descubriendo que contar una historia a otro implica también perder el dominio sobre ella.
Ahí es donde su experiencia puede resultar especialmente sugerente para el psicoanálisis.
El malentendido no es un accidente
Podríamos pensar inicialmente que lo sucedido entre Bohannan y los tiv es un problema de traducción cultural: una misma historia interpretada desde dos sistemas de creencias diferentes. Pero hay algo más interesante.
Bohannan parte de un supuesto. Cree que, por debajo de las diferencias culturales, existe un significado de Hamlet que sus interlocutores acabarán reconociendo. Sin embargo, cuanto más intenta explicarles cuál es el sentido “correcto” de la obra, más evidente se vuelve que ese sentido no puede separarse de las coordenadas desde las que ella misma la lee.
Los tiv no reciben simplemente el relato. Lo interrogan desde su propio mundo.
Y quizá ahí haya algo que el psicoanálisis conoce bien: cuando hablamos, nunca controlamos completamente lo que el otro escucha.
Entre lo que uno dice y lo que el otro oye siempre hay una distancia. No necesariamente porque alguno de los dos se equivoque, sino porque las palabras llegan a una historia que ya estaba allí.
El malentendido deja entonces de ser únicamente un obstáculo que habría que eliminar para alcanzar una comunicación perfecta. Puede convertirse también en una vía de acceso a algo que no sabíamos que estábamos diciendo.
¿De quién es el fantasma?
Uno de los momentos más conocidos del relato aparece cuando Bohannan intenta explicar la presencia del espectro del padre de Hamlet. Sus interlocutores no aceptan fácilmente que un muerto pueda regresar y hablar. Buscan otras explicaciones posibles dentro de su universo simbólico.
Sería tentador decir que ellos “no comprenden” el fantasma.
Pero también podríamos invertir la pregunta: ¿qué creemos comprender nosotros cuando aceptamos inmediatamente que ese espectro es el padre de Hamlet?
Desde Freud, Hamlet ha dado lugar a una lectura atravesada por el conflicto edípico. En La interpretación de los sueños, Freud se pregunta por qué Hamlet, capaz de tantas otras acciones, queda inhibido precisamente ante la tarea de vengar a su padre. Su hipótesis apunta a que Claudio ha realizado aquello que toca un deseo reprimido del propio Hamlet: ocupar el lugar del padre junto a la madre.
Eso no significa que el fantasma pueda reducirse sin más al “retorno de lo reprimido”, ni que exista una traducción psicoanalítica definitiva de la obra. Quizá resulte más interesante conservar la pregunta que provoca su aparición.
¿Qué hace un sujeto con aquello que vuelve y le exige algo?
Los tiv encuentran una respuesta desde su sistema de creencias. Freud encuentra otra. Shakespeare, afortunadamente, no termina de cerrar ninguna.
El inconsciente no habla una lengua privada
La experiencia de Bohannan también permite pensar una cuestión importante: el inconsciente no existe al margen de las palabras con las que un sujeto ha sido nombrado, deseado, prohibido o esperado.
Decir que el inconsciente está estructurado como un lenguaje no significa que exista un diccionario universal del inconsciente en el que cada símbolo tenga siempre el mismo significado. Precisamente por eso el psicoanálisis no puede funcionar mediante equivalencias fijas: serpiente significa esto, padre significa aquello, fantasma significa lo otro.
Una palabra adquiere su valor en una trama singular de asociaciones.
Pero esa trama tampoco se fabrica en soledad. Está hecha con una lengua que recibimos de otros, con relatos familiares, prohibiciones, ideales, maneras de nombrar el cuerpo, el amor, la muerte o la vergüenza. En ese sentido, lo singular y lo cultural no pueden separarse limpiamente.
Por eso resulta arriesgado afirmar que, donde los tiv hablan de hechicería, existe en realidad un conflicto psicológico que el psicoanálisis vendría a descubrir. Hacerlo sería repetir el gesto del que Bohannan empieza precisamente a desconfiar: suponer que nosotros poseemos el significado verdadero y que el otro todavía no ha llegado a él.
Quizá sea más fértil preguntarse qué permite decir la hechicería dentro de ese mundo, qué relaciones organiza, qué temores nombra y qué lugar ocupa para quien habla de ella.
Bohannan y la posición de quien escucha
Hay algo especialmente interesante en la posición inicial de Bohannan. No solo quiere contar Hamlet: sabe de antemano qué debería entenderse de Hamlet.
Y sus interlocutores le desmontan esa seguridad.
En esto, su experiencia puede recordar algo de la posición analítica, aunque conviene no llevar demasiado lejos la comparación. Un analista también puede caer en la tentación de escuchar desde un saber previo: reconocer rápidamente un Edipo, una resistencia, un fantasma, una estructura, y hacer entrar lo que escucha en categorías que ya conoce.
Pero si la teoría decide demasiado pronto qué significa lo que el otro dice, dejamos de escuchar precisamente aquello que podría sorprendernos.
No se trata de que el analista carezca de saber ni de que todas las interpretaciones sean equivalentes. Se trata de otra cosa: de no ocupar demasiado rápidamente el lugar de quien sabe lo que las palabras del otro quieren decir.
En análisis, una palabra aparentemente banal puede adquirir un peso inesperado. Una equivocación puede abrir una asociación. Una frase escuchada de una manera distinta de la prevista puede producir un efecto. El malentendido no garantiza ninguna verdad, pero a veces permite que aparezca algo que la comprensión inmediata habría cerrado.
Lo que queda sin traducir
Hacia el final del relato, los ancianos tiv están convencidos de haber aclarado a Bohannan el verdadero significado de la historia. Vaya ironía: ella había comenzado queriendo demostrarles la universalidad de Shakespeare y termina escuchando cómo ellos le explican Shakespeare a ella.
Nadie sale exactamente con el mismo Hamlet con el que había entrado.
Quizá esa sea una de las cosas más valiosas del texto de Bohannan. No demuestra simplemente que “cada cultura tiene su verdad”, una conclusión que sería demasiado cómoda. Muestra algo más incómodo: que cuando creemos comprender al otro, nuestra propia manera de organizar el mundo ya está trabajando en esa comprensión.
El psicoanálisis parte también de una dificultad semejante. El sujeto habla con palabras que comparte con todos y, sin embargo, esas palabras no significan exactamente lo mismo para él que para cualquier otro.
Por eso escuchar no consiste únicamente en comprender.
A veces hay que poder detenerse precisamente allí donde algo no encaja.
Una pregunta que sigue abierta
Vivimos en una época particularmente inclinada a la traducción inmediata. Traducimos idiomas, comportamientos, emociones y síntomas. Disponemos de categorías para explicar rápidamente lo que alguien siente y de respuestas casi instantáneas para muchas preguntas.
Quizá por eso Shakespeare en la selva conserva tanta fuerza.
Bohannan descubre que el encuentro con el otro no confirma necesariamente lo que ya sabemos. Puede desordenarlo.
Esto vale también para la escucha analítica. No se trata de celebrar cualquier malentendido ni de renunciar a comprender. Se trata de soportar durante un tiempo que no sabemos exactamente qué quiere decir aquello que alguien acaba de decir.
Porque entre una palabra y otra, entre lo que alguien quiso decir y lo que terminó diciendo, entre lo que escuchamos y lo que creíamos haber escuchado, queda siempre algún resto.
Y quizá sea justamente ese resto el que merezca ser escuchado.
A veces, aquello que no termina de encajar en lo que decimos, lo que se repite o lo que no conseguimos comprender de nosotros mismos, merece un espacio donde pueda ser escuchado de otra manera.
El psicoanálisis ofrece ese espacio: no para decirte de antemano qué significa lo que te ocurre, sino para ir descubriendo qué lugar tiene en tu propia historia.
Si estás pensando en iniciar un análisis, puedes ponerte en contacto conmigo para una primera entrevista.
