TIGRE, TIGRE. RELATO Y LECTURA PSICOANALÍTICA DEL DESEO HISTÉRICO

Relato literario y lectura psicoanalítica sobre la posición histérica, el fantasma y la pulsión de muerte.

El hombre es un animal nostálgico que sueña con la completud.

Sigmund Freud

Escribí Tigre, tigre (véase el relato a continuación del trabajo) hace más de diez años, cuando vivía en el barrio barcelonés del Raval. Al releerlo hoy, el texto se me presenta como algo ajeno, casi como si lo hubiera escrito otra persona. La intención inicial, o incluso la fuente de la que surgió, se ha ido desdibujando con el tiempo. Precisamente por eso, me pareció interesante tomarlo ahora como material para una lectura psicoanalítica, no para explicarlo de manera exhaustiva, sino para interrogar lo que en él insiste.

El relato puede leerse como la fantasía de una mujer sola, atravesada por una búsqueda que no encuentra objeto estable. No se trata de una soledad circunstancial, sino de una posición subjetiva: una vida reducida, sostenida por rituales mínimos, colecciones, observaciones repetitivas, pequeños universos cerrados que protegen del exterior. En este contexto irrumpe el tigre, figura ambigua, a la vez temida y deseada, real y virtual, visible e invisible.

Desde una lectura psicoanalítica, el tigre no funciona como un simple animal salvaje. Puede pensarse como una condensación de varias dimensiones: la de la pulsión sexual en su vertiente de atracción, la de la pulsión de muerte, y también la del Otro, ese lugar al que el sujeto atribuye un saber o un poder que cree no tener. El tigre no responde, no habla, no ofrece garantías, pero concentra la expectativa de una respuesta: ¿quién soy?, ¿qué me falta?, ¿dónde encontrar aquello que me complete?

En este punto, el texto se presta a ser leído desde lo que en psicoanálisis se ha llamado la posición histérica. No como diagnóstico ni como identidad, sino como una forma de relación con el deseo y con el Otro. En esta posición, el sujeto se experimenta como incompleto y dirige su pregunta hacia un Otro supuesto completo, al que atribuye la clave de su enigma. La narradora busca en los ojos del tigre algo así como un ancla, un reconocimiento, una confirmación de su ser.

Esta ilusión de completud aparece también ligada a lo extranjero. La protagonista se define como tanjauii, perteneciente a un pueblo sin territorio estable, marcado por la nostalgia de un lugar perdido. Ese país de origen es descrito como inexistente, hundido, idealizado. No se trata tanto de un lugar real como de una ficción retrospectiva, una construcción fantasmática que sostiene la idea de que hubo un tiempo sin falta. En este sentido, la errancia de los tanjauiis puede leerse como la imposibilidad estructural de encontrar un lugar que colme ese anhelo.

A lo largo del relato se dibujan también rasgos neuróticos diversos. La repetición obsesiva en la clasificación de las piedras, el desplazamiento constante de los muebles, la atención casi exclusiva a la vida mínima de los dragones de la terraza, pueden pensarse como modos de organizar un mundo reducido, controlable, que mantiene a distancia el riesgo del encuentro con el deseo propio. Son defensas, no síntomas a interpretar de manera cerrada.

La ciudad en la que transcurre la historia está sometida a un sistema de vigilancia permanente. Una Central de alertas autoriza o desaconseja salir, helicópteros sobrevuelan el espacio urbano, y sin embargo el tigre circula libremente. Esta paradoja permite una lectura política y subjetiva a la vez: el Otro que vigila no controla aquello que realmente inquieta. Más aún, el tigre puede funcionar como instrumento de control precisamente por su carácter incierto, manteniendo a los habitantes en una posición infantilizada, dependiente de la autorización.

El encuentro con el gitano introduce una diferencia en las posiciones subjetivas. Él dice haber olido al tigre, pero no lo ha visto. Se aferra a una explicación concreta, literal. La narradora, en cambio, pregunta, imagina, amplía. Para ella el tigre no puede reducirse a “oler a tigre”; es muchas cosas a la vez. Esta diferencia no remite a una oposición de géneros, sino a dos modos distintos de relación con lo desconocido: uno que busca cerrar el sentido, otro que se abre a la proliferación fantasmática.

El tigre puede pensarse también desde la noción freudiana de lo ominoso (unheimlich). Su presencia borra los límites entre fantasía y realidad, aparece donde no debería, en un entorno familiar que se vuelve extraño. Todo el relato transcurre en la noche, como un sueño. Y como en muchos sueños, el deseo inconsciente encuentra su vía de realización al final.

La protagonista sale a buscar aquello que la inquieta. No huye del peligro, lo convoca. Cree que podrá encontrar en ese encuentro una respuesta, una raíz, una pertenencia. Pero lo que encuentra no es un saber que la complete, sino su propio fantasma. El tigre no viene de fuera: es el nombre que toma algo íntimo, no simbolizado, que la atrae y la arrastra.

Desde esta perspectiva, el final del relato no debe leerse como un castigo ni como una moraleja. “No me defendí” no señala una pasividad ingenua, sino una entrega al propio goce, a aquello que el sujeto ha colocado en el lugar de la respuesta absoluta. La pulsión de muerte no aparece aquí como destrucción exterior, sino como empuje a atravesar un límite que no puede sostenerse.

Esta lectura no agota el texto ni pretende fijar su sentido. Al contrario: busca mantener abierta la ambigüedad que hace que Tigre, tigre siga inquietando. Si el relato conserva su fuerza es precisamente porque no se deja cerrar, porque el tigre sigue siendo, como se dice al inicio, una paradoja: existe, aparece, pero no puede ser capturado.

Veamos ahora la relato del tigre:

TIGRE, TIGRE (IN ICTU OCULI)

-¿Central de alertas?… Hola, voy a salir, ¿hay toque de queda? ¿Se sabe algo del tigre?

Me respondieron que no, que no sabían nada del tigre, y que la última vez que lo habían visto había sido fuera de la ciudad. Tenían un aviso de Esplugues, así que podía salir sin miedo.

Debo decir que vivo en un barrio tranquilo, aunque no lo parezca por lo que acabo de explicar. Aquí no suele pasar nada. Vivimos en armonía una colonia india, otra árabe, los gitanos, y los tanjauiis como yo, que venimos de ninguna parte, no pertenecemos a ningún lugar y no estamos en el mismo sitio más de cinco años. Así pues es un barrio tranquilo, excepto por una rareza que en realidad afecta a toda la ciudad: hace varias semanas que somos visitados por un tigre. Varias personas lo han visto, siempre por la noche, y eso ha ocasionado accidentes lamentables. No es lo que estáis pensando; este tigre no se ha comido a nadie. Todavía. Los desastres a los que me refiero han sido realmente accidentes. Parece que hay gente que enloquece al verlo, pierde el control del vehículo, corre hasta reventar, sufre un ataque al corazón, etc. Qué pena. Una corriente de inquietud se ha extendido por la ciudad y de ahí que se creara la Central de alertas. Si algún ciudadano logra verlo debe informar de inmediato a la Central. También hay helicópteros con cámaras especiales que sobrevuelan la urbe y alrededores y nos mantienen sobre aviso. Todos los intentos por apresar al tigre han fracasado y al final se ha llegado a una conclusión: el tigre es virtual aunque existe, es una ilusión pero aparece; el tigre es una paradoja y hay que aceptarlo, así que nos protegemos y lo asumimos. Hay personas que han huido de la ciudad incapaces de controlar su miedo, pero la mayor parte nos hemos quedado. Lo único que debemos hacer es llamar a la Central si queremos salir y averiguar si el tigre está visitando nuestra zona. Como hice yo esa noche. Antes de ir a pasear.

Los tanjauiis somos un poco peculiares, nos relacionamos raramente, incluso entre nosotros. Preferimos las sombras a la luz, seguramente porque, excepto casos extraordinarios, somos insomnes. Yo creo que podemos resultar personas bastante aburridas y por ese motivo no he querido nunca mostrarme demasiado sociable con el resto de colonias. ¿Qué podría yo contarles? No he hecho nada memorable en mi vida. Las cosas que me gustan no interesan a nadie, ni siquiera al resto de los tanjauiis. Revelar a un desconocido que colecciono piedras, que me paso horas observando a los pequeños dragones que acuden a la luz del farolillo en mi terraza, o que leo todo lo que me cae en las manos sin mucho criterio, no es algo que me apetezca.

Así que, como decía, esa noche me preparé para recorrer las calles. Me puse mi viejo sombrero de fieltro, el sobretodo verde oscuro y salí de casa. No iba con ningún rumbo determinado, sólo quería caminar un poco, estirar las piernas. Paso mucho tiempo en casa y de vez en cuando me apetece dar una ojeada al mundo exterior. Decidí bajar la callejuela donde vivo y torcer a la izquierda. Era una noche bastante clara, la luna estaba ya casi llena y tenía un halo azulado que le prestaba una apariencia irreal, extravagante incluso. No hacía frío, era ya diciembre y sin embargo el aire seguía tan cálido y acogedor como en verano. Aspiré profundamente con satisfacción; una de las alegrías de mi monótona vida son estas expediciones nocturnas. Debían de ser como las doce y no me crucé con nadie. Los indios y los árabes se recogen pronto, especialmente las mujeres, y los de mi propia colonia son difíciles de ver, tenemos un talento natural para pasar desapercibidos, incluso para nosotros mismos, que nos reconoceríamos en cualquier parte del mundo; si lográsemos vernos, claro. Bueno, llevaba una media hora deambulando cuando, al pasar junto a un callejón sin salida, oí un susurro. Miré en esa dirección, es una vía estrecha y mal iluminada que conduce directamente a una tienda de bicicletas de segunda mano. Me detuve prestando atención.

-Ey, tú, ven, ven. -Oí en un tono de exigencia que no esperaba.

Como no soy miedosa, me adentré por el pasadizo sin pensármelo dos veces. Bajo la luz de una única farola, arrimado al portalón de las bicicletas, vi a un gitano. Le recordaba del barrio, era un tipo bajo y cuadrado con una cara expresiva en la que destacaban unos saltones ojos pardos y una nariz de pajarraco. Me sonrió con cierta inquietud cuando llegué hasta él.

-Te he olido. Tú eres uno de los tanjauiis. A vosotros os distingo gracias a que tengo un olfato muy desarrollado. No deberías haber salido esta noche.

Mientras hablaba me di cuenta de que, aunque intentaba disimularlo, respiraba con dificultad y sus ojos parecían los de una rana asustada.

-¿Por qué lo dices? -Le pregunté.

-Debiste llamar a la Central, tanjauii, qué descuidada.

Le dije que lo había hecho y que no había peligro. El gitano feo puso en blanco sus ojos de batracio.

-Pues no se enteran. El tigre ha bajado.

-¿Lo has visto? -Quise saber. Empezaba a entender el motivo de su miedo.

-¡Quita! -Juró algo que no entendí-. Lo llego a ver y me da un pasmo, ya sabes lo que cuentan; lo he olido.

-¿Dónde? -No acababa de creerle pero quería creerle.

-Aquí, aquí al lado; ha pasado hace un momento. Lo he olido a tiempo y me he pirao. Iba en la misma dirección que tú, hace cinco minutos.

-¿Y a qué olía?

El gitano me miró como si le hubiera ofendido.

-Pues a tigre, ¿a qué va a oler, tanjauii? A tigre.

En ese momento, justo en ese momento, le oí: un sonido blando, acolchado, como el de la nieve. Un sonido surgido de la nada, que apenas era algo y que sin embargo lo silenció todo; el sonido de los pasos del tigre. Miré hacia la boca de la calle pero no vi nada, y cuando me volví de nuevo, el gitano había huido.

 -¡Qué extraordinario es todo esto! -exclamé.

 Los tanjauiis no somos miedosos, creo que ya lo he dicho, y nos relacionamos bien con las sombras. Pero me encontré sola en aquel pasaje, con el enigma de un gitano desaparecido y el sonido de los pasos de un animal grande que no veía. ¿Qué hacer? Sentí frío, como si de súbito hubiera caído sobre mí el invierno. Alcé la vista al cielo, espesas nubes cenicientas lo cubrían todo en un mal presagio. Pensé que mi paseo había acabado y que lo más sensato sería regresar. «Si es que el camino está franco», me dije. Volví sobre mis pasos mirando a derecha e izquierda y por encima del hombro con cierta aprensión, para qué negarlo. No vi ni un alma, ni rastro del gitano, ni rastro del tigre…

Durante las noches siguientes encontré excusas lo bastante atractivas como para quedarme en casa. Mis dragones habían criado y me entretuve observando a los pequeños nacidos al calor del verano. Clasifiqué mis piedras en diferentes tonalidades de pardos por enésima vez. Cambié de sitio los muebles del comedor aunque no hacía falta. Y apenas dormí. Llamé a la Central de alertas por si sabían algo. No tenían ninguna noticia. No sabían nada del tigre. Ignoraban que hacía poco había visitado nuestro barrio, y no me tomaron en serio cuando insinué haberlo oído.

A la quinta noche decidí aventurarme de nuevo. Puedo ser capaz de aceptar en mí muchas imbecilidades pero me hunde reconocer que no hago algo simplemente porque no me siento capaz. Mi vida ya es bastante pequeña, sólo me tengo a mí misma, no quiero pasar mis días con una decepción por compañía. Además, dormía menos de lo que se considera necesario para conservar la salud mental. «Voy a salir», me dije, «voy a salir esta misma noche». De nuevo cubrí mis cabellos con el sombrero de fieltro y me puse el sobretodo. Debía de ser más tarde que la otra vez. La calle estaba igualmente desierta, el aire blando y enrarecido, el cielo color plomo. No era una noche apacible, había algo en el ambiente que me hizo pensar en lo que deben de sentir los escaladores perdidos en la montaña justo antes de aceptar que la naturaleza les ha abandonado, que van a ser barridos por un alud gigantesco. Eso pensé, pero no hice caso, tengo mucha imaginación y a veces me juego malas pasadas a mí misma. Hice el mismo camino de la otra vez, cuando pasé por la callejuela donde había visto al gitano me detuve un momento, estaba desierta. Decidí continuar, hay un tramo del recorrido hacia la playa en que se pasa delante de un parque donde las mañanas soleadas la gente va a pasear a sus perros. Es una zona muy bonita llena de árboles con un invernadero de especies tropicales al fondo que, milagrosamente, siempre está limpio; es una delicia sentarse allí en un banco. Los individuos de las otras colonias lo aprovechan más que los tanjauiis, son más sociables, pero a mí me gusta mucho.

No sé por qué hice lo que hice, a veces no tengo explicación para las cosas que me atraen, la cuestión es que el parque estaba abierto y decidí entrar a dar una vuelta. Me había adentrado unos metros cuando me llegó un olor inusual. No era desagradable (pensé en el gitano), era un aroma desconocido, fuerte y a la vez delicado, ¿cómo explicarlo? Era como un recuerdo de algo olvidado durante generaciones, algo que sólo el cerebro primitivo oculto bajo nuestro sofisticado seso racional podía identificar. Entonces me volví, sabiendo una décima de segundo antes lo que esperaba a mis espaldas. Allí estaba el tigre. Me gustaría poder decir que me miraba, pero no sé si faltaría a la verdad. Lo que sí era cierto es que se trataba de un ejemplar muy grande, muy, muy grande. Su pelaje era tan lustroso y elegante que me hizo sentir miserable y absurda con mi pobre abriguito de tanjauii sin patria. Estaba sentado sobre sus cuartos traseros, sus patazas color canela firmemente asentadas en el suelo de tierra; no se movía. Yo tampoco me moví. Busqué sus ojos, creí distinguir un brillo grisáceo, una lucha interna, creí ver un espejo donde reflejarme. Creí ver una ráfaga de humanidad, de reconocimiento, pero seguramente era mi imaginación. Pensé que yo estaba buscando un ancla en sus ojos, un lugar donde agarrarme y sentirme segura, el regreso al país perdido de los tanjauiis que tanto tiempo atrás se había hundido en las aguas dejándonos a la deriva en un naufragio eterno.

Lo que vino después fue muy rápido. Ya nunca podré contarlo como me gustaría. Una imagen fugaz de marrones y rayas desquiciadas en negro. Mi grito debió de oírse en todo el barrio. Puede que incluso más allá.

No me defendí.

Bibliografía

Freud, S. (1919). “Lo ominoso”, en Obras Completas, Amorrortu editores, Tomo XVII, pág. 244.

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