En 1966, la antropóloga Laura Bohannan publicó un ensayo inolvidable: «Shakespeare en la selva». Allí cuenta su intento de narrar Hamlet a los Tiv, una comunidad de África Occidental, convencida de que las grandes tragedias son universales y que todos comprenderían la historia del príncipe danés del mismo modo. Pero lo que encontró fue otra cosa: un espejo que devolvía su propio malentendido.
Ese malentendido no es solo cultural: toca un punto central del psicoanálisis, el modo en que el sujeto se constituye bajo la mirada del Otro.
Cada vez que Bohannan relataba un pasaje de Hamlet, los ancianos tiv reinterpretan la historia desde su lógica cultural. Para ellos, que un hermano se case con la viuda de su hermano muerto no era una traición, sino un deber. Que un fantasma hable era imposible, porque “los muertos no caminan”. Que Hamlet matara a su tío era una falta contra el orden familiar. Lo que para Shakespeare era culpa, venganza y deseo reprimido, para los Tiv era un problema de hechicería y jerarquías sociales.
El relato es divertido, sí, pero también profundamente psicoanalítico. Porque sin saberlo, Bohannan nos muestra algo esencial: no hay comprensión fuera de la interpretación. Y toda interpretación está atravesada por el inconsciente y la cultura.
El malentendido como punto de partida
Freud decía que el inconsciente no conoce el “no”, y podríamos agregar: tampoco conoce fronteras. Pero eso no significa que el sentido sea universal. El inconsciente se estructura como un lenguaje, y todo lenguaje pertenece a una cultura, a una historia, a un modo particular de nombrar el deseo y la falta.
Cuando Bohannan intenta explicar Hamlet, cree que lo universal es la “naturaleza humana”. Lo que descubre es que la universalidad no está en el contenido, sino en el malentendido. Los Tiv no “entienden mal” la historia: la reescriben desde su simbología, sus fantasmas y sus prohibiciones. Y al hacerlo, revelan que el sentido de una tragedia no está en el texto, sino en el lector.
Desde el psicoanálisis, podríamos decir que la antropóloga se topa con su propio inconsciente cultural: su supuesto saber sobre el “otro” se derrumba cuando ese otro le devuelve su propio desconocimiento.
El fantasma y el deseo
Uno de los puntos más interesantes del relato es la reacción de los Tiv ante el fantasma del padre de Hamlet. Para ellos, los muertos no regresan: lo que se aparece debe ser obra de un brujo.
En términos psicoanalíticos, podríamos pensar que los Tiv desplazan el conflicto interior al ámbito mágico. Donde el texto de Shakespeare muestra la culpa y la demanda del padre, ellos ven una intriga de brujería. Pero ¿no hacemos nosotros algo parecido? Cuando el inconsciente nos habla —en sueños, lapsus o síntomas— tendemos a atribuirlo a “cosas externas”: el estrés, el cansancio, el otro.
El “fantasma” en Hamlet encarna el retorno de lo reprimido: aquello que no se quiere oír vuelve disfrazado. Freud propuso como lectura del drama que el espectro no sólo pide venganza, sino que revela un deseo incestuoso, el de Hamlet hacia su madre. El fantasma no pertenece sólo al texto, sino al sujeto. Y cada cultura, como cada persona, lo traduce a su manera.
El inconsciente es también cultural
En la historia de Bohannan, cada malentendido de los Tiv es, al mismo tiempo, una verdad de su sistema simbólico. Donde una cultura ve culpa, otra ve hechicería. Donde una ve amor, otra ve desorden. Lo reprimido cambia de máscara, pero no desaparece.
El psicoanálisis nos enseña que el inconsciente no está dentro de la cabeza. Se encuentra en el lenguaje, en las tramas que nos habitan. Por eso no puede separarse del contexto cultural. Freud descubrió su estructura en la Viena del siglo XIX, entre burgueses y neuróticos de salón; Lacan la amplió al campo del significante, donde la palabra del otro funda el deseo.
Laura Bohannan, sin proponérselo, nos da un ejemplo etnográfico de lo mismo: el sentido no se traduce, se recrea. En cada intento de traducir Hamlet hay una escena analítica en miniatura: alguien cuenta su historia, otro escucha y reinterpreta desde su propio código.
Hamlet como espejo del analista
En cierto modo, Bohannan se comporta como una analista primeriza: cree que sabe lo que el otro “debería” comprender. Pero la sesión —su relato frente a los Tiv— la confronta con la resistencia, con la imposibilidad de imponer un sentido.
El saber no pertenece al analista ni al antropólogo. Surge en el espacio del entre, en ese malentendido fértil donde el sujeto se revela. Los Tiv enseñan a Bohannan que la verdad no es universal: es transferencial, depende de la relación, del deseo, del lugar desde el cual se escucha.
Por eso el relato puede leerse como una metáfora del trabajo analítico: alguien trae un relato —su “Hamlet”— convencido de que tiene un único sentido. El analista escucha y devuelve algo distinto. A veces parece un error, una incomprensión… pero es precisamente ahí donde aparece lo nuevo.
Lo que no se traduce
“Nosotros, los ancianos, te enseñaremos el verdadero significado de tus historias”, le dicen los Tiv al final. Ella había ido a enseñar, y termina siendo enseñada.
Freud llamó transferencia a ese desplazamiento del saber: el analizado cree que el analista sabe, y en ese malentendido trabaja el deseo. Bohannan también transfiere su saber a los ancianos, y ellos se lo devuelven reinterpretado. La escena es casi una sesión grupal en la selva.
El psicoanálisis se nutre de lo que no se traduce, de ese resto que siempre se escapa al sentido común. En cada cultura, en cada análisis, hay palabras que no tienen equivalente. Y es allí, en ese agujero de traducción, donde el inconsciente hace su aparición.
Una lección para pensar hoy
En un mundo donde todo parece querer universalizarse —desde las emociones hasta las formas de amar—, «Shakespeare en la selva» nos recuerda algo esencial: nunca hay un solo sentido. Cada sujeto, cada cultura, hace su propia lectura del deseo, la muerte y el amor.
Desde el psicoanálisis, esto no es un problema, sino una riqueza. Escuchar sin imponer un significado, dejar espacio al malentendido, aceptar que el otro no piensa ni siente como nosotros: esa es la base de todo encuentro verdaderamente humano.
Quizá por eso Hamlet sigue vigente, y por eso el texto de Bohannan nos sigue interpelando. Porque más allá del idioma o la selva, todos habitamos una trama de palabras donde lo que intentamos decir siempre se escapa un poco. Y es en ese escape donde vive lo inconsciente.
En la consulta, como en la selva de Bohannan, escuchar implica aceptar que el sentido no preexiste al encuentro.