LA ESCENA PRIMARIA Y CÓMO LA ABORDA EL PSICOANÁLISIS



Hay recuerdos que no son exactamente recuerdos, sino escenas construidas a posteriori, como si la memoria trabajara con fragmentos, ruidos y sombras para montar su propia película. La x infantil está llena de estas pequeñas producciones: preguntas que no encuentran respuesta, intuiciones que no encajan del todo, imágenes que inquietan y fascinan al mismo tiempo.

Una jovencita a la que conozco bien recuerda esta experiencia de sus once años: después de que en el colegio recibieran una clase de educación sexual, su madre le preguntó qué le había parecido. “Me parece muy bien, es lógico que sea flexible y manejable, pero ahora ¿podría ver cómo se hace?”. La madre, alarmada, improvisó esta respuesta: “Ah, no, ya no lo hacemos, eso fue solo para tener hijos”.

Esta escena, sencilla y casi cotidiana, dice mucho de la curiosidad infantil por la sexualidad y, en particular, por la de los padres. No es casual: ellos son el primer objeto de amor y las figuras más cercanas. A partir de ahí, el niño intenta responder a un enigma que siempre se le escapa un poco: cómo se hacen los niños, qué hacen exactamente los padres entre ellos, qué lugar ocupa él en esa historia. Es en este punto donde el psicoanálisis sitúa lo que Freud llamó la escena primaria.

La sexualidad infantil y el escándalo de Freud

Como sabemos, Freud conmocionó a la sociedad de su época, rígidamente instalada en la moral victoriana, al mostrar que el niño es un ser sexuado. Uno de los aspectos más delicados y, a la vez, más fecundos de esta sexualidad se refiere a la Urszene, o escena primaria. Es decir, a la visualización, real o fantaseada, por parte del niño, del coito de los padres.

Junto a la castración y la seducción, la escena primaria, también llamada escena originaria, primordial o protoescena, es una de las fantasías fundamentales que conforman el Complejo de Edipo.

Estas escenas pueden haber sido realmente vislumbradas por el niño y luego reprimidas, o bien construidas a partir de fragmentos, ruidos o impresiones incompletas. En ambos casos ilustran con claridad la enorme curiosidad infantil por ese misterio que siempre se escapa: el origen de la vida.

Ya desde muy pequeños los niños observan el cuerpo y las diferencias entre los sexos. Recordemos al pequeño Hans preguntándole a su madre si ella también tenía un “hace-pipí” como el suyo, y clasificando personas y objetos según posean o no ese atributo. Las preguntas por cómo se hacen los bebés, de dónde salen o dónde estaban antes de nacer son igualmente frecuentes. Como sus indagaciones no pueden ser nunca totalmente satisfechas, inventan teorías para completar un rompecabezas que les resulta demasiado complejo, porque todavía carecen de la madurez física y psíquica necesaria.

La escena primaria como construcción fantasmática

No resulta, pues, extravagante pensar que el niño fantasee, a partir de percepciones fragmentarias, ruidos o escenas incomprendidas, una relación sexual entre los padres. En su artículo de 1908, Sobre las teorías sexuales infantiles, Freud escribe:

“La tercera de las teorías sexuales típicas se ofrece a los niños cuando, por alguno de los azares hogareños, son testigos del comercio sexual entre sus padres, acerca del cual, en ese caso, pueden recibir sólo unas percepciones harto incompletas. Pero cualquiera que sea la pieza de ese comercio que entonces observen, la posición recíproca de las dos personas, los ruidos que hacen o ciertas circunstancias secundarias, siempre llegan a lo que podríamos llamar la misma concepción sádica del sexo.”

Resulta fácil imaginar cómo queda impresionada la sensibilidad de un niño ante una escena tan incomprensible protagonizada por los adultos. Uno de los dos, a menudo el padre, está encima del otro; ambos se encuentran en una postura extraña, y los sonidos y movimientos no parecen precisamente tranquilizadores. En ese momento el niño queda realmente fuera de escena, excluido de ese núcleo enigmático que forman los padres.

Desde su posición infantil, lo que ve puede adquirir un tinte violento: algo “sádico” por parte del padre y “masoquista” por parte de la madre. Continúa Freud:

“Pero esta concepción impresiona, a su vez, como un retorno de aquel oscuro impulso al quehacer cruel que se anudó a la excitación del sexo a raíz de la primera reflexión acerca del enigma de la procedencia de los hijos. Tampoco cabe desconocer la posibilidad de que ese temprano impulso sádico […] emergiera bajo el influjo de unos oscurísimos recuerdos del comercio entre los padres, recuerdos para los cuales el niño había recogido el material, sin valorizarlo entonces, cuando en sus primeros años de vida compartía el dormitorio con aquellos”.

En La interpretación de los sueños Freud aún no utiliza la denominación de escena primaria, pero ya concede una gran importancia a este tipo de observaciones. El niño, frente a una visión que no comprende, puede excitarse sexualmente y, al mismo tiempo, sentir una intensa angustia.

Melanie Klein y la imago de los padres acoplados

También Melanie Klein retoma este punto en Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos. Refiriéndose a casos melancólicos, describe sujetos perseguidos “por las exigencias de los malos objetos internalizados, especialmente aquellos objetos representados por el coito sádico de los padres”.

Con su conocida imago de los padres acoplados, Klein introduce otra versión de esta fantasía infantil: los padres estarían unidos en una relación sexual ininterrumpida. La madre contendría el sexo del padre o incluso al padre entero, y el padre contendría el pecho de la madre o a la madre entera. Esta representación, lejos de ser tranquilizadora, es fuente de una gran ansiedad para el niño.

El Hombre de los Lobos y la escena primaria

Será en el controvertido y complejo caso de Historia de una neurosis infantil cuando Freud dé nombre explícito a la escena primaria. El paciente, diagnosticado de neurosis obsesiva, había contraído una gonorrea a los dieciocho años y, aunque de niño había sido bastante normal, cuando llegó a la consulta a los veinticuatro vivía en un estado de fuerte dependencia.

En análisis relata una pesadilla de la infancia que le había causado una angustia intensa: la ventana de su habitación se abre y ve seis o siete lobos blancos subidos a un árbol. Tienen grandes colas, enderezan las orejas y lo miran fijamente, inmóviles. Al despertar, siente que aquello era absolutamente real. Ese sueño se enlaza con el terror que le producían las imágenes de lobos, incluso en cuentos infantiles.

Freud sostiene la hipótesis de que tras ese sueño se articula un núcleo causal de la neurosis del paciente. Poco a poco va aislando los elementos esenciales: hay una escena real muy temprana, ligada a la mirada, a la inmovilidad, a la angustia, al padre y a algo de orden sexual.

En el curso del análisis deduce que los lobos son un sustituto del padre, por quien el paciente había desarrollado una intensa angustia. La escena real a la que alude el sueño habría ocurrido cuando tenía unos dos años y medio, mientras dormía en la habitación de sus padres. La ventana que se abre sería, en realidad, sus propios ojos: se había despertado y había sido testigo del coitus a tergo de los padres. En esa postura pudo ver los genitales de ambos. En ese momento no comprendió lo que veía, pero años más tarde esa escena se reactivó y se organizó en forma de sueño.

Más allá del recuerdo: una función estructurante

Ya se trate de una vivencia real, fragmentaria y mal comprendida, o de una elaboración puramente fantasmática, lo esencial de la escena primaria no reside en su valor histórico. Su importancia está en su función estructurante. Forma parte de esas fantasías fundamentales que pueden organizar el inconsciente de un sujeto, orientar su deseo, su modo de gozar y también sus formas de angustia, siempre de manera singular, nunca universal.

En la experiencia analítica no se trata tanto de reconstruir “lo que realmente pasó”, como de escuchar cómo cada quien ha montado su propia escena, qué lugar se dio en ella y qué efectos sigue teniendo en su vida actual.

A veces, al leer sobre estas cuestiones, algo resuena de forma íntima, como si una escena antigua siguiera pidiendo ser leída de otra manera. Si te ocurre algo de esto y estás pensando en hablar con alguien, puedes escribirme y pedir una primera entrevista.

 

BIBLIOGRAFÍA

Freud, S. (1901-1905) “Tres ensayos de teoría sexual”, en Obras Completas, Amorrortu editores, Tomo VII, pág. 206.

Freud, S. (1908) «Sobre las teorías sexuales infantiles», en Obras Completas, Amorrortu editores, Tomo IX, pág. 196.

Freud, S. (1913) “Materiales del cuento tradicional en los sueños”, en Obras Completas, Amorrortu editores, Tomo XII, pág. 293.

Freud, S. (1917-1919) “De la historia de una neurosis infantil (el ‘Hombre de los Lobos’), en Obras Completas, Amorrortu editores, Tomo XVII.

Klein, M. (1935) “Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos”, en Obras Completas.

Scroll al inicio
Botón WhatsApp flotante 💬 WhatsApp