(A raíz de la entrevista a Gabriel Rolón publicada en EL PAÍS Semanal el 1 de marzo de 2026, una lectura desde el psicoanálisis en Barcelona.)
Hay textos que no se “leen”. Te leen. Uno termina la entrevista a Gabriel Rolón con esa sensación de haber sido rozado en un punto íntimo, como si alguien hubiera movido una silla dentro de la casa y de pronto el pasillo se vuelve estrecho.
Rolón dice algo que, para muchas personas, abre una grieta fértil: que el psicoanálisis no va en busca de un bienestar rápido, sino de una verdad que a veces está reprimida, olvidada, no dicha.
Y, cuando eso toca, aparecen dos reacciones típicas:
- “Sí. Esto es.”
- “Sí… pero entonces, ¿qué hago con lo que me pasa?”
Este artículo es para ese segundo movimiento. Para quien se queda con la entrevista en la cabeza y nota que no es solo “interesante”: es personal.
No siempre queremos estar mejor: a veces queremos dejar de mentirnos
Rolón contrapone dos lógicas: la psicoterapia entendida como búsqueda de bienestar y el psicoanálisis como búsqueda de verdad.
Y aquí hay una escena clínica muy común: alguien llega diciendo “quiero estar bien”, pero el cuerpo trae otra consigna.
Hay un “bien” que se parece a tapar una alarma con una almohada. Silencia, pero no calma.
La verdad, en cambio, no es un sermón moral ni una iluminación mística. Es algo más humilde y más incómodo: poder decir(se) lo que estaba actuando sin saberlo.
A veces la pregunta no es “¿cómo me quito esto?” sino:
- ¿Qué estoy sosteniendo para no caer?
- ¿Qué me sostengo como identidad?
- ¿Qué pierdo si dejo de ser “el que puede”, “la que cuida”, “la que aguanta”?
Cuando Rolón dice que “quien te proponga la cura te miente”, está señalando algo esencial: no hay garantía de felicidad empaquetada.
Pero sí puede haber una ganancia más real: que el dolor deje de ser desmesurado, que no te gobierne como un dictador interior.
El dolor tiene lengua: cuando lo que atraviesa pide palabras
En la entrevista, Rolón insiste en que las personas “sacamos el dolor del cuerpo con las palabras” y que el análisis aparece cuando alguien percibe que solo no puede con lo que lo atraviesa.
Esto, dicho simple, es muy serio: no se trata de hablar “por hablar”, ni de contar la vida como un informe. Se trata de encontrar el punto exacto donde el dolor no era solo un hecho, sino una historia atrapada.
Y hay algo más: a veces el dolor se vuelve un lugar. Rolón lo describe con la imagen de la “trinchera” o el refugio de la posición de víctima.
No lo digo para acusar a nadie. Lo digo porque es humano: cuando no hay sitio en el mundo, cualquier sitio parece mejor que la intemperie.
El trabajo analítico no es empujar a nadie fuera de su trinchera a patadas.
Es ayudar a que aparezca una intuición: hay otros lugares posibles.
El analista no “comprende”: acompaña (y eso cambia el juego)
Rolón escribe que “el analista no comprende al paciente: lo acompaña hasta el borde del abismo”.
Esta frase puede sonar dramática, pero clínicamente es precisa: el borde del abismo no es el peligro, es el borde de una verdad que asusta.
En consulta, muchas veces la persona no necesita que le expliquen su vida como si fuera un manual. Necesita un dispositivo donde se pueda sostener lo que todavía no tiene forma.
Rolón lo formula también de otro modo: el lugar del analista tiene que ver con sostener un lugar de desconocimiento, abrir un espacio donde “ni tú ni yo sabemos”.
Esa es una diferencia enorme frente a discursos que prometen certezas rápidas, etiquetas tranquilizadoras o diagnósticos que cierran en vez de abrir.
Tiempo, corte, silencio: lo que hoy parece “raro” y es justamente lo necesario
La entrevista toca tres elementos que hoy chocan con la época actual:
- El análisis necesita tiempo. El tiempo que tú necesites.
- El corte de sesión puede ser una intervención (no un capricho).
- El silencio puede ser activo, no desinterés.
Vivimos en una cultura que quiere resultados medibles, ya, y además publicables. Pero hay procesos subjetivos que no se aceleran sin pagar un precio: se vuelven performance.
A veces, lo más valioso sucede cuando algo “hace ruido”, cuando el paciente duda, cuando aparece un hueco.
Ese hueco es una puerta: no para llenar con consejos, sino para escuchar lo que se estaba diciendo sin decir.
Amor, límites, duelo: lo que más nos duele no es lo que más mostramos
Rolón habla del amor con límites, de la diferencia entre amor y necesidad, y del duelo como clínica.
Ahí la entrevista se vuelve especialmente punzante porque toca la herida contemporánea: relaciones donde uno queda atrapado en demandas de completud, o en la pérdida del lugar que tenía para el otro.
En análisis, el duelo no es solo por personas. También por:
- la idea de “yo debería ser así”
- la fantasía de “si hago todo bien, me van a querer”
- el personaje que me salvó una época, pero ahora me asfixia
Y cuando eso se elabora, algo cambia. No porque la vida deje de doler. Sino porque la vida deja de doler siempre en el mismo sitio.
Si la entrevista te interesó, quizá lo que te gusta es esto: un lugar donde hablar distinto
Hay gente que lee a Rolón y piensa: “yo también necesito un espacio así”.
No un espacio para “arreglarse”, sino para escucharse. Para dejar de actuar la herida. Para encontrar una posición menos sufriente frente a lo que se repite.
Si estás en Barcelona y quieres abrir ese trabajo, acompaño procesos de psicoanálisis (presencial y online).
A veces basta con una primera conversación para ubicar qué te trae y qué estás buscando, incluso si todavía no lo sabes del todo.
Si te apetece, puedes escribirme por WhatsApp y coordinamos una primera cita.
(La entrevista abre una puerta; el trabajo empieza cuando alguien se anima a cruzarla.)