LA PERVERSIÓN SEGÚN EL PSICOANÁLISIS: MÁS ALLÁ DEL HORROR Y DEL DELITO

La perversión continúa siendo, para muchos, un territorio perturbador. Despierta rechazo, horror, a veces fascinación. La literatura y el cine se han ocupado de ella con desigual fortuna, alimentando a menudo una imagen extrema, espectacular, que la vuelve más visible pero no necesariamente más comprensible. Freud ya señaló que el neurótico fantasea con lo que el perverso actúa, fórmula que sigue siendo tan citada como equívoca si no se la trabaja con cuidado.

Cuando se habla de perversión, la tentación es pensar en figuras llamativas: el voyeur solitario, el exhibicionista ridiculizado, el fetichista con su objeto privilegiado, el masoquista atado a su dolor. Ninguna de estas figuras provoca, sin embargo, el mismo impacto que el sadismo llevado al extremo, aquel que parece convivir sin conflicto con el mal. Pero este impacto no debe hacernos perder de vista una distinción esencial: en psicoanálisis, la perversión no se define por el grado de horror que suscita ni por la gravedad social de los actos, sino por una posición subjetiva específica frente a la ley, la castración y el goce.

En los Tres ensayos para una teoría sexual, Freud distingue entre perversidad y perversión, y acota el término en sentido estricto a aquellas situaciones en las que el sometimiento y el maltrato del objeto se convierten en condición exclusiva de la satisfacción. Esta precisión resulta fundamental, porque permite separar la estructura clínica de cualquier juicio moral o jurídico. No todo acto violento remite a una perversión, ni toda perversión se traduce necesariamente en un delito.

Desde la enseñanza freudiana y lacaniana, el perverso no es alguien que desconozca la ley. Al contrario: la conoce, la reconoce y, al mismo tiempo, la desmiente. Ha atravesado el Edipo sabiendo de la castración, pero renegándola. El mecanismo central de esta estructura es la Verleugnung, la renegación, mediante la cual intenta sostener la ilusión de que la falta no existe, o de que puede ser colmada. No se trata de una forclusión como en la psicosis, sino de una operación más sutil y más eficaz.

La función paterna ha operado, aunque de manera particular. El padre puede aparecer debilitado, ausente o desacreditado, pero no abolido. La madre, por su parte, ocupa un lugar central, no como figura a la que el sujeto queda pegado de manera indiferenciada, sino como partenaire privilegiado de un goce que el niño viene a sostener. El perverso no es un desecho del deseo materno, sino alguien que se ofrece como objeto para colmarlo.

Frente a la vacilación neurótica, siempre atravesada por la duda, la culpa y la pregunta por el deseo, el perverso se sostiene en el acto. No porque “sepa” en un sentido pleno, sino porque se presenta como aquel que no duda. En este punto, Lacan es preciso: el perverso se ofrece como objeto del goce del Otro. Su posición no es la de quien goza libremente, sino la de quien se hace instrumento de un goce que no interroga. De ahí que su vida fantasmática suela ser pobre y repetitiva, atrapada en un guion que no admite variaciones.

Esto también explica por qué el perverso rara vez acude a consulta: no porque esté libre de conflicto, sino porque su posición le permite evitar la angustia a costa de producirla en el Otro. Como señala Miller, se presenta como alguien que “ya sabe” sobre el goce, cuando en realidad está fijado a una escena sin salida.

La diferencia con el neurótico no reside en que uno goce y el otro no, sino en la posición frente al acto. El neurótico fantasea, se detiene, se culpa, se angustia. El perverso actúa, pero lo hace al precio de quedar atrapado en la repetición de un montaje que no se interroga.

En ocasiones, el discurso sobre la perversión se apoya en figuras criminales extremas, como los asesinos en serie. Estos casos, ampliamente difundidos por los medios, despiertan fascinación y horror, pero plantean serios problemas desde el punto de vista clínico. Sin transferencia, sin trabajo analítico, sólo pueden formularse hipótesis, nunca diagnósticos estructurales. Confundir criminalidad con perversión contribuye más a oscurecer el concepto que a esclarecerlo.

Más interesante, aunque también más delicado, es interrogar aquellas formas de relación en las que un sujeto parece situarse sistemáticamente por fuera de la duda, utilizando al otro como medio para sus fines. En la vida cotidiana podemos encontrarnos con personas que manipulan, seducen, prometen y utilizan sin escrúpulos aparentes. No por ello debemos apresurarnos a hablar de perversión estructural. Muchas veces se trata de rasgos, de modalidades defensivas, de arreglos neuróticos que toman prestada una apariencia perversa.

Sin embargo, no es casual que estos sujetos suelan provocar en el neurótico una mezcla de angustia y fascinación. Allí donde el neurótico vacila y se interroga, el otro parece avanzar con decisión. No es que el neurótico no vea lo que ocurre; más bien, se encuentra implicado fantasmáticamente en esa escena, lo que le dificulta asumir un saber que ya está, en parte, presente. No se trata de ceguera, sino de desmentida.

Tal vez por eso la perversión siga siendo una de las estructuras más difíciles de pensar sin caer en el rechazo o la idealización. Nos confronta con un modo de relación con la ley y el goce que descoloca al sujeto neurótico, no porque sea radicalmente otro, sino porque pone en acto, sin rodeos, aquello que el neurótico sólo puede bordear en la fantasía.

Bibliografía

  • Freud, S. “Tres ensayos de una teoría sexual”, en Obras Completas, págs. 45-46, 151, Amorrortu editores.
  • Freud, S. “Tres ensayos de una teoría sexual”, en Obras Completas, págs. 143-144, Amorrortu editores.
  • Lacan, J. Seminario 10, La angustia, pág. 178, Paidós.
  • Miller, J.A. Introducción al método psicoanalítico, Paidós, 1997. Cita extraída del artículo de Hernando Alberto Bernal, “Las estructuras clínicas en el psicoanálisis lacaniano”, Revista Poiesis.
  • Nasio, J.D. Cinco lecciones sobre la teoría de Jacques Lacan. Editorial Gedisa, 1993. Cita extraída del artículo de Manrique y Londoño, “De la diferencia en los mecanismos estructurales de la neurosis, la psicosis y la perversión”, Revista de psicología GePu.
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