El psicoanálisis y las psicoterapias suelen presentarse como tratamientos equivalentes para el malestar psíquico. Sin embargo, aunque comparten el uso de la palabra y ciertos orígenes históricos, pertenecen a campos distintos y responden a lógicas muy diferentes.
Muchas psicoterapias han tomado conceptos surgidos del psicoanálisis, pero los han desplazado de su contexto original y los han adaptado a otros fines. Esto genera confusión, especialmente para quien busca iniciar un tratamiento. A continuación, se presentan siete diferencias fundamentales entre el psicoanálisis y las psicoterapias que conviene conocer antes de elegir.
1. El saber frente a la cura
En psicoterapia, el objetivo suele ser curar: reducir síntomas, corregir conductas, alcanzar un estado de bienestar definido previamente. El profesional ocupa una posición de saber y orienta al paciente hacia metas concretas.
En psicoanálisis, en cambio, no se persigue la cura como objetivo directo. Se parte de la idea de que el síntoma tiene un sentido inconsciente y que su desaparición, si se produce, será un efecto del trabajo analítico y no el resultado de una intervención correctiva. El analista no transmite un saber al paciente, sino que apuesta por que el sujeto pueda acceder al saber que ya tiene, aunque lo ignore.
2. El síntoma: algo a eliminar o algo a escuchar
Las psicoterapias suelen trabajar directamente sobre el síntoma. El síntoma es entendido como un problema a resolver o un obstáculo que impide el funcionamiento adecuado del sujeto.
Para el psicoanálisis, el síntoma no es un error ni un fallo, sino una formación del inconsciente. Es una respuesta singular a un conflicto psíquico y, por tanto, merece ser escuchado antes que eliminado. Suprimir un síntoma sin interrogar su causa puede hacer que reaparezca bajo otra forma.
3. La relación terapéutica
En muchas psicoterapias, la relación entre terapeuta y paciente se organiza en términos de acompañamiento, orientación o incluso reeducación. El terapeuta puede aconsejar, sugerir pautas, indicar qué conviene hacer o no hacer.
En psicoanálisis, la relación es de otra naturaleza. El analista no aconseja ni dirige la vida del analizante. Su intervención se basa en la interpretación, que no transmite una opinión personal ni una norma, sino que apunta a producir un efecto de saber en el propio sujeto. El tratamiento se construye siempre caso por caso, sin protocolos estandarizados.
4. El pasado y la historia del sujeto
Las psicoterapias suelen centrarse en el presente y en los contextos actuales que generan malestar. El pasado se aborda solo si resulta útil para explicar una dificultad concreta.
El psicoanálisis considera que el pasado no está “superado”, sino que insiste en el presente. La infancia, las primeras relaciones y las experiencias tempranas no interesan como recuerdos objetivos, sino por la forma en que han sido vividas y simbolizadas por el sujeto. No se trata de reconstruir lo que ocurrió realmente, sino de entender cómo ese pasado sigue operando hoy.
5. El dispositivo: diván y encuadre
El diván es uno de los elementos más conocidos del psicoanálisis, aunque no siempre se utiliza. No es un objeto simbólico ni un ritual, sino una herramienta clínica que facilita la asociación libre y reduce la influencia de la mirada del analista sobre el discurso del analizante.
Las psicoterapias trabajan siempre cara a cara y utilizan el diálogo como principal instrumento. En psicoanálisis puede haber entrevistas cara a cara y también trabajo en diván. Lo decisivo no es la postura corporal, sino el tipo de escucha y la función que ocupa el analista en el dispositivo.
6. La duración y el tiempo
Una de las críticas más habituales al psicoanálisis es que es un tratamiento largo. Sin embargo, el psicoanálisis no se define por su duración, sino por el respeto al tiempo subjetivo del analizante. No puede establecerse de antemano cuánto durará un análisis, porque cada sujeto presenta conflictos y resistencias singulares.
Muchas psicoterapias proponen tratamientos breves con objetivos delimitados en un número concreto de sesiones. Esto puede ser eficaz en determinados casos, pero no siempre permite abordar conflictos más profundos o repetitivos.
7. El uso de la medicación
En la actualidad existe un uso cada vez más extendido de los fármacos para tratar el malestar psíquico. Las psicoterapias suelen integrarse fácilmente con tratamientos farmacológicos.
El psicoanálisis no se opone a la medicación cuando es necesaria, especialmente en casos graves. Sin embargo, considera que el fármaco no resuelve las causas del sufrimiento, sino que puede aliviar sus manifestaciones. Cuando es preciso, el analista deriva al paciente a un psiquiatra, manteniendo el trabajo analítico como espacio para elaborar el malestar.
En síntesis
Psicoanálisis y psicoterapia no son mejores ni peores en abstracto: responden a concepciones distintas del sujeto y del sufrimiento psíquico. La psicoterapia busca aliviar y corregir; el psicoanálisis interroga, escucha y apuesta por una transformación más profunda de la posición subjetiva.
Elegir uno u otro tratamiento no es una cuestión de eficacia inmediata, sino de qué tipo de trabajo está dispuesto a emprender quien consulta y qué lugar quiere darle a su palabra.
Para quien quiera profundizar en las cuestiones abordadas en este artículo, remito a sus fuentes de referencia:
Manuel Baldiz, El psicoanálisis y las psicoterapias, Ed. Biblioteca Nueva.
Laura Vaccarezza, ¿Cómo se forma un psicoanalista?, Ed. Acto.