APUNTES DE TÉCNICA PSICOANALÍTICA

Este verano, en una conversación informal con un familiar, surgió el tema de la psicología entendida como negocio. Mi interlocutor se planteaba dedicar algunos años a estudiar psicología con una idea bastante clara: obtener un título y montar un gabinete especializado en los problemas derivados de una mala nutrición. El objetivo no era tanto el interés clínico como la promesa de un trabajo rentable, con menos horas y mayores beneficios económicos que los de su profesión anterior.

Le señalé que el abordaje psicológico de la nutrición es mucho más complejo y delicado de lo que suele suponerse. No se trata únicamente de pautar dietas o corregir hábitos alimentarios. Trastornos como la anorexia o la bulimia, por ejemplo, pueden funcionar como síntomas que encubren conflictos psíquicos graves, y abordarlos sin una formación sólida puede resultar no solo ineficaz, sino peligroso. Aquella dimensión del problema le resultaba desconocida.

La psicología aplicada, y más aún la psicoterapia, tiende a presentarse a veces como un terreno accesible, casi natural. Todos, en algún momento, escuchamos a amigos, familiares o incluso desconocidos y ofrecemos consejos apoyados en el sentido común o en la experiencia personal. Esa ilusión de competencia quizá explique la proliferación de métodos que prometen aliviar el malestar mediante herramientas simples y rápidas. Sin embargo, sostenerse en la vida no es tarea sencilla: implica transitar por zonas de incertidumbre, de bloqueo, de angustia, donde las soluciones prefabricadas suelen fallar.

Es cierto que no podemos saberlo todo ni en profundidad. Pero quizá sí podamos sostener una posición ética mínima: reconocer los límites de nuestro saber y desconfiar de la arrogancia que convierte la ignorancia en certeza. En clínica, el poco saber no solo es peligroso, sino que puede convertirse en una forma de violencia.

En aquella conversación no resistí la tentación de introducir algo de la mirada psicoanalítica. A menudo he pensado que quienes se forman en psicoanálisis sienten el impulso, y a veces la responsabilidad, de transmitir algo de este modo de pensar a quienes no lo conocen. No se trata de divulgar una teoría compleja reducida a consignas, sino de dejar filtrar una forma de escucha y de interrogación en ámbitos fundamentales como la educación, las relaciones familiares, la sexualidad o el sufrimiento subjetivo.

En una época en la que casi todo parece susceptible de convertirse en mercancía, conviene recordar que no todo saber se deja capturar por la lógica del beneficio. El psicoanálisis no nació como un negocio ni se sostiene como tal. Las escuelas que trabajan para preservar este campo lo hacen más como espacios de transmisión que como empresas. Quien se adentra seriamente en esta disciplina descubre pronto que se trata menos de adquirir técnicas que de comprometerse con una práctica exigente, que transforma la manera de escuchar, de mirar y de situarse frente al otro.

Mi interlocutor mencionó entonces un método estructurado en pasos para eliminar fobias mediante la exposición progresiva al objeto temido. Desde la perspectiva psicoanalítica, el objeto fóbico no es el problema en sí, sino una construcción que localiza una angustia más profunda. La fobia es un síntoma, y como tal, un enigma. Tratarla como un simple obstáculo a eliminar es quedarse mirando el dedo cuando alguien señala la luna: se confunde el soporte del miedo con su causa.

El psicoanálisis es una praxis, no una aplicación de recetas. Aunque está profundamente articulado a un cuerpo teórico, cada caso obliga a poner la teoría a trabajar, no a imponerla. Lacan advertía que cuando algo encaja demasiado bien en la teoría, conviene sospechar. La clínica psicoanalítica no es médica ni psiquiátrica; es, ante todo, una clínica de la escucha, una escucha orientada por la transferencia y por la suposición de un saber en el sujeto.

El analista no parte del ideal de curar ni de ayudar en un sentido asistencial. Se presta como soporte para que quien consulta pueda emprender un recorrido singular, un trabajo de palabra que permita desarticular quejas estériles, desplazar posiciones fijadas y producir algún efecto de verdad. El objetivo no es adaptar al sujeto a un ideal, sino permitirle asumir su deseo con mayor responsabilidad.

Buena parte de las psicoterapias contemporáneas toman elementos del psicoanálisis, aunque a menudo despojados de su radicalidad. De ahí la proliferación de métodos que prometen soluciones rápidas: “yo te digo qué hacer”, “tú puedes controlar tu mente”, “todo está a la vista”. En ese horizonte no hay lugar para el lapsus, la repetición, el síntoma insistente. El Otro aparece como garante de un saber total que orientaría cada paso. El psicoanálisis, por el contrario, apunta a la caída de ese Otro.

El análisis no busca producir un sujeto ideal, sino un sujeto menos capturado por sus ideales. Un sujeto que pueda reconocerse falible, dividido, atravesado por la falta, sin necesidad de refugiarse en mandatos ajenos. En ese sentido, el final del análisis no es una reconciliación plena, sino una forma distinta de soledad: una soledad habitada, menos sufriente.

La herramienta fundamental del análisis es el lenguaje. Cada sujeto dispone de una red singular de significantes, y es en esa trama donde el inconsciente se manifiesta. Lacan introdujo el término lalengua para dar cuenta de ese uso particular de la palabra que escapa a la lógica gramatical. En lapsus, chistes, actos fallidos o sueños, el sujeto dice más de lo que cree decir. No es dueño de su discurso; en cierto modo, es hablado por él.

Para que estas formaciones emerjan, el analizante es invitado a decirlo todo, a dejar que el discurso se deslice sin censura excesiva. El analista escucha sin apresurarse a comprender, interviene con cautela, apoyándose siempre en lo dicho. Trabaja con una realidad psíquica, no con hechos objetivos, y su tarea consiste en acompañar el hilvanado de una historia que no estaba disponible de antemano.

Ubicar al sujeto en una estructura psíquica orienta la dirección de la cura, pero no la determina de manera automática. A partir de ahí se despliega una experiencia singular, sostenida por la transferencia. El analista ocupa un lugar que el analizante construye: soporte de una suposición de saber, espejo donde se proyectan figuras del pasado, punto de anclaje para que algo del deseo pueda decirse.

El analista existe en la medida en que es investido como tal. Porta un saber que no es propio, sino atribuido, un “saber no sabido” que el sujeto tiene sobre sí mismo sin poder reconocerlo. Por eso sus intervenciones no son consejos ni explicaciones, sino cortes, interpretaciones abiertas, equívocas, que no clausuran el sentido.

Esta relación singular, delicada y siempre asimétrica es lo que se denomina transferencia.

Mientras escribía este texto recordé una anécdota escuchada hace años en un seminario: un analizante, ya al final de su análisis, pasó por la consulta del analista solo para decirle: “Vine a comprobar que usted ya no estaba aquí”. Esa frase condensa algo esencial.

También me vino a la memoria un relato de Henry James, La vida privada, donde un personaje parece existir únicamente bajo la mirada del otro. Solo cuando es convocado aparece; fuera de esa mirada, desaparece. Como un semblante.

Ambas escenas permiten pensar el final del análisis: el momento en que el sujeto puede sostenerse sin ese Otro supuesto, cuando el analista deja de ser necesario y puede, simplemente, desaparecer. No porque nunca haya estado allí, sino porque su función ya ha sido cumplida.

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